Llegar a Venecia me da siempre la sensación de llegar a un mundo distinto, con otros movimientos y sonidos diferentes, pero también sigue dándome la sensación de volver a casa, incluso después de años que ya no vivo allí. El agua no se queda solo en los canales, lo ocupa todo, y también tú imaginación: entra en los sueños por la noche, cambia las emociones como la luz y los colores de la ciudad. Será igual por eso que es dificil irse del todo de Venecia.
Me he puesto a caminar por las calles hacia el hostal, pensando que igual no sería capaz de incontrarlo o no reconocería el camino más rápido para ir hacia Rialto evitando los turistas. Y en cambio los pies iban solos y cuando miraba los carteles “San Marco” y “Rialto” era por casualidad o por el placer de volver a ver esos nombres, más que porque no supiera donde ir. He entrevistado al Asesor del Turismo después de haber dejado mi mochila en el hostal, y luego he ido a la universidad, a Santa Marghe y a las Zattere. Destino: Punta della Dogana. De allí ya no hay salida: estás entre Canal Grande y la Giudecca, con San Marco en frente y la iglesia de la Salute a tus espaldas, la laguna que se abre antes tus ojos hasta el Lido. Y ya estaba realmente de vuelta en la Serenissima.
Aquí es donde realmente empieza el viaje: Güendy se ha quedado en Turín y mis cosas con ella, me queda solo la mochila y muchos km para recorrer. Miro hacia el Lido y pienso que voy hacia allí, al mar detrás de la playa, los Balcanes, Turquía y lo demás. Qué bueno!
Luego han sido más paseos, fotos de día y de noche y más entrevistas. He ido a comprar la tienda de campaña para utilizarla en los Balcanes, y mañana iré en tren y autobus hacia Ljubljana.